CONCURSO DE "CUENTO Y POESÍA DE TERROR". HALLOWEEN 2025. PARTICIPANTES
POEMA GANADOR
En la noche, hace meses
Lo onírico me es esquivo
En la esquina, y solo crece
Apareció un nuevo amigo
Hoy tampoco has corrido
Hoy tampoco has hecho un nuevo amigo
Hoy tampoco has reído
Hoy es un día que mueres
Hoy, tampoco has vivido
Yo me agarro a la vida, digo
Mañana será otro día
Se ríe, y se aproxima
Otro, que derroches
Otro en el que la muerte te atroche
Y al acercarse, me susurra
Buenas noches
Mario Díez Collado.
CUENTO GANADOR
La sonrisa de Clara era dulce e inocente. Su pelo negro, sus ojos color café y el rosa de sus mejillas irradiaban vida y ternura. Definitivamente era la niña más hermosa del mundo.
Eso sentí cuando me arrodillé frente a ella… Cuando levanté lentamente el revólver hasta su sien y apreté el gatillo.
El disparo resonó. El silencio que le siguió fue más cruel que cualquier grito. Me quedé mirando la pared marcada por el final de su inocencia, al igual que aquella foto de graduación tomada hace apenas dos meses que descansaba sobre la mesa.
Antes de sucumbir al llanto, giré mi mirada hacia la ventana y la vi: la horda de infectados inundaba la calle, mientras otros ya golpeaban la puerta de nuestra habitación, ansiosos por arrancar nuestra piel y devorarnos vivas.
Abrí la cámara del revólver: vacía. Esa era la última bala.
Supongo que era el mejor regalo que una madre podía hacerle a su hija. Suspiré con cierto alivio, incluso cuando escuché la puerta finalmente caer
Le petite Rose.
2 º PREMIO
EL OLVIDOMiedo, a la idea olvidadaal pensamiento no plasmado.A un corazón sin recuerdos,a sangre sin retorno.A mi cabeza sin cerebro.
Miedo a vivir sin vida,A respiración asistida.Miedo…, ¿también te olvidaré?miedo.
Alejandro Lama Prada@alejandrolamaprada
2º PREMIO CUENTO
De los valles infinitos de lana —una topografía movediza y albina, como un hostil batallón de nubes dispuesto a declarar la guerra contra el cielo escarlata— emergió un dominio que había logrado zafarse por completo de las fauces de la especie humana. La nueva civilización ovina, sumergida en profundos océanos de polvo, había heredado los restos de los antiguos continentes, que ahora flotaban como cadáveres tectónicos arropados en una soledad perpetua. Y todo lo que en ella despertaba fascinación y temor confluía en un solo punto geográfico: un laboratorio situado al norte de una Escocia cada vez más irreconocible, cuyo idioma hacía ya tiempo que se disolvió en los desechos de la memoria.
Lo llamaban Matadero Orgánico, o al menos eso revelaban los archivos originales.
Una estación experimental perdida entre llanuras tenebrosas y radiactivas, donde las torres exteriores, coronadas con reflectores de cuarzo, emitían haces de luz que podían percibirse a veinte kilómetros a la redonda. En su interior se incubaba un secreto más profundo que todas las noches del mundo: La reprogramación celular de una mujer. Una sola mujer. Dolly Parton.
De algún modo, en cajones negruzcos que recordaban a las pieles de los osos
americanos pudo conservarse una muestra intacta del ADN de la cantante, una célula somática adulta que, de acuerdo con las ovejas de bata azulada, albergaba “imponentes vestigios de la diosa del country y de la precursora de la nueva carne ovejuna post-humana”.
Todo parecía ir según lo previsto. El óvulo compatible de una entidad, a saber cuál,
recibió la información genética de Dolly sin contratiempos. No se dieron serias complicaciones en la transferencia del núcleo. La cadena de pulsos eléctricos no se desmarcó del plan de división y desarrollo del embrión. Tampoco se detectaron anomalías en los primeros compases de la gestación en el vientre sustituto. No obstante, hubo un momento en el que el destino de aquellos alquimistas clínicos tuvo que vérselas con un revés absolutamente desconocido.
De golpe, un brazo deforme y descomunal hasta lo grotesco, desató una coreografía
imposible de latigazos, y las blanquísimas paredes, que cedieron ante una violencia insoportable, se estremecieron hasta transformarse en montañas sobrehumanas de escombros. Sumido en la vorágine de sangre y humareda, una sola voz —la de un ingeniero biomédico atrapado en su propio departamento— intentó distinguirse del caos demoníaco sin remarcable éxito. El ingeniero, que susurró para sí mismo, apenas podía articular frases coherentes. Sus ojos, congelados en el tiempo como témpanos acorralados, ya se encargaron de pronunciar lo que su boca rehuyó.
«Ya viene, ya viene», exclamaron sus dilatadas pupilas. Ya viene Dolly Parton, cuya
fisionomía final trasladó las evidencias de su rubia melena y su emblemática sonrisa a las volcánicas imágenes de una hidra perversa, que serpenteaba en los pasillos exhibiendo sus hirientes mandíbulas, repartidas en cinco cabezas protegidas por las escamas metálicas que disfrazaban el resto de su cuerpo. Dolly era incapaz de detenerse, y el ingeniero era incapaz de moverse. Sosteniendo un cuadro de sus dos hijas, cuyos nombres jamás serán revelados, eligió cerrar los ojos hasta desaparecer, suplicando en silencio que las agujas del reloj multiplicaran su velocidad. Ya viene.
Dollies, de Antonio Marchena
Oscuridad dominando,
sobre todas las cabezas,
que ya descansan por temor
a tal terrible vileza.
La tierra se abre en dos,
dejando atrás la bondad,
dando paso a las bestias
que rondan portando crueldad.
La luna oculta el sol,
los bosques dejan de callar,
y un horrible aullido
hace a las hojas gritar.
De las sobras vendrán otros,
procurando saciar su sed,
y aunque son silenciosos,
si oís su paso, corred.
Kath
A Jenifer le tocaba cerrar ese lunes la tienda, cuadró la caja y le dio al mando para cerrar la persiana. Durante el mes de agosto suplía las funciones del encargado. Sin darse cuenta se le había hecho más tarde de la cuenta. Se percató al ver el parking casi vacío y recordar la ausencia de personas en el centro comercial. Arrancó el coche y procedió a salir apresuradamente del aparcamiento. Antes de iniciar la envestida de la rampa de salida, su amigo Polster se abalanzó sobre la luna delantera del coche. Parecía salirle sangre del cuello. Hacía aspavientos y chillidos, que Jeni no acertaba a comprender. Alguien con una sudadera con capucha, se aproximó rápidamente por la trasera del vehículo. Ella metió la marcha atrás y aceleró, arremetiéndolo contra uno de los muros del aparcamiento. De nuevo pisó el pedal del acelerador, pero antes de retomar la cuesta paró; intentando recoger a Pol. Había mucha sangre sobre su cuerpo y él solo le repetía: “¡vete! ¡vete!”. Echó al amigo sobre el parabrisas y ascendió la rampa. Al girar cayó y rodó hasta la hendidura de la persiana del parking, viendo ella por el retrovisor como se estrujaban sus entrañas con el cerramiento.
De una manera muy alocada llegó a su casa: “¡Papá!, ¡papá!”
No era capaz de articular más palabras. El padre le dijo que se tranquilizara. Que se duchara, se limpiara las manchas y después hablarían. Preparando la ropa del baño se dio cuenta de que estaba atolondrada, no le fluían los pensamientos. Llamaron a la puerta, sobresaltada se acercó a la ventana del dormitorio. Distinguió al hombre de la capucha en su puerta de entrada: “¡Noooo!” Exclamó hacia dentro. Oyó el giro del pomo, un forcejeo y se metió en el armario empotrado con las cajas de zapatos. Entremezclado con su hiperventilación escuchó la holgura del pasamanos de la escalera. Al deslizarse la hoja del armario, Jenifer agarró el inflador metálico y se abalanzó sobre él. De la inercia atravesaron la ventana y fueron cayendo juntos hasta la entrada de la casa. Él se llevó el impacto del suelo, se sobrepuso Jen y salió corriendo campo a través. Sin pensar, sin respirar hasta desfallecer.
Al abrir los ojos en el hospital nota un desagradable dolor de cabeza y un fuerte olor a medicamento. Los médicos se acercan para ver su estado y ella les pregunta por su madre. Le indican que repose, más tarde hablarían, que ha tenido un fuerte golpe en la cabeza y debe descansar.
Al salir comentan entre el equipo médico la incongruencia de la pregunta de la paciente, ya que su madre había muerto hace tiempo. Avanzada la noche, en la habitación del hospital aparece el hombre de la capucha y se aproxima a Jenifer: “Te necesitamos, necesitamos tu capacidad”.
Ella pregunta a su padre: “¿Qué me vais a hacer?, ¿me van a hacer daño?”
Explica a su hija que la forma tomada es porque le gustan las sudaderas con gorro, para que le sea amigable y comprensible; da igual quien esté detrás… “ahora, soy yo”:
“Necesitamos tu capacidad de sentir la muerte”.
Alejandro Lama Prada
@alejandrolamaprada
EL BUEN HERMANO
Un autor de nombre olvidado dijo una vez que algo para siempre cambiado rompe al hombre que cree que debe ser arreglado.
Me viene esto a la cabeza cuando recuerdo lo que nunca olvidaré. Había tenido la suerte de permanecer en cierta zona de Italia durante tres meses por mi beca ERASMUS, y además hacer toda clase de amistades allí. Mientras bebía mi último cubata de la noche, pensaba en lo que dejaría atrás, y sobre todo en Marco. No me había quitado el ojo de encima desde que empezó la fiesta de despedida, pues esperaba un “regalo de consuelo" por mi partida. Aún me costaba creer que ese chico de camiseta grafiteada y pantalones vaqueros que fumaba un cigarro fuera el mismo que, vistiendo una camisa a cuadros y unos pantalones de pana, me guío a clase el primer día con una dulce mirada tras sus gafas. Ahora usaba lentillas.
Estando ya lo suficientemente cansada, le pedí que nos fuéramos a su casa. Una vez allí, lo primero que hizo fue decirme que no entrara en el baño de la planta baja. Entonces desplegó el sofá cama del salón y empezó a pedir diversión, aprovechando la ausencia de sus padres. A pesar de mis nervios, aquello fue increíble, hasta que, después de pedirle un vaso de agua, caí rendida al instante, prácticamente inconsciente.
Cuando desperté, la sala estaba completamente a oscuras. Me di la vuelta hacia él y percibí un olor desagradable. De repente, me habló, como si hubiera esperado a que despertara, y me dijo que echaba de menos a su difunto hermano. Yo le consolé. A continuación, me confesó que él también quería acostarse conmigo en vida, y por eso discutieron, por eso, cuando el camión hizo una mala maniobra en la autopista, él murió al estar al volante hace dos meses.
Desde entonces pensaba que había sido un mal hermano, hasta aquel día. Extrañada, le pregunté el por qué. Su respuesta fue que por fin había cumplido el deseo de su hermano, lo que consideraba su última voluntad. En aquel preciso instante, subió la persiana y vi lo que creía que era su cara, pálida, putrefacta y con una brecha desde la frente hasta la nuca. Me levanté gritando de la cama y miré hacia la puerta principal. Ahí estaba Marco, interponiéndose en mi única vía de escape. Con la tranquilidad propia de un psicópata, añadió que se le olvidó mencionar que él y su hermano eran gemelos.
Acto seguido, se acercó a la cama, levantó la sábana y se disculpó por la situación en la que nos encontrábamos mientras le quitaba la ropa lentamente al cadáver. Me pidió que le hiciera un último favor antes de irme. Yo ya estaba en la puerta, cerrada a cal y canto, golpeándola y chillando.
Desesperada, me encerré en el baño donde él no quería que entrara, donde había una pala manchada de tierra. Allí encontré, escondido, mi móvil.
Cuando vino la policía, también lo hicieron sus padres. Aparte de hablarme sobre la locura de su hijo, me dijeron que Marco nunca había llevado gafas, pero sí su hermano.
Filología, Universidad de Sevilla
NOCTURNO Nº 2
El brujo alzó el rudo cáliz sobre su cana cerviz. Así, con lóbrego tono, murmuró hacia los abismos de la tierra:
—Y la adelfa vertió su sangre en aquellos que la temían. A ti recurrimos, Belcebú; acepta nuestro ofrecimiento, que el destino lo regirá el Señor de las Moscas, el único Señor, y le arrancará a la Justicia sus vendas y la adornará con mil ojos más.
—¡Oh, Belcebú! Socórrenos. —Las capuchas de los circundantes revelaban tímidos hilos de vaho, reverberados con la intensidad del estribillo.
—La noche llama a la noche. Acude al mundo que un día será tan negro como tu boca.
—¡Oh, Belcebú! Socórrenos.
—Ven al veneno —el brujo depositó delicadamente la copa oxidada sobre el altar, que era una mesa cuadrada de madera ocasionalmente manchada o quemada a lo largo de su superficie—, ven a la hoja cortante de la Parca —entonces, tomó un puñal de doble filo y lo elevó a las vigas carcomidas del techo.
—¡Oh, Belcebú! Socórrenos.
—Imprégnate en ella y recréate en su carne. La Justicia no tomará la mano de la Ley, pero nosotros las encadenaremos a tu modo, ¡oh, Príncipe! —Alcanzando de nuevo el cáliz, vació su violáceo contenido en el acero del puñal mientras se iba incrementando la algazara entre los fieles más extáticos—. Húndete en la garganta de aquel que no nombraremos, aquel que maldecimos, aquel pintado en este despojo de tela —señalaba un trapo de lino blanco en el que se adivinaba un fantoche de tizne y púrpura— que una vez fue tan querida y que él ultrajó.
Un grito de mujer abarcó toda la estancia como un relámpago:
—¡Venganza para el cerdo!
—¡Socórrenos, Belcebú! —chillaban algunos en contrapuntos irregulares.
El nigromante ejecutaba su labor en serenidad solemne, impasible del alboroto que se intensificaba más y más. Aunque los mortales ya no atendían, él continuó:
—Venga nuestras desdichas, nuestros trabajos y castigos. Venga su crueldad con una mayor, pues de este modo aprenden los injustos.
Y comenzó a cantar:
Despierte la negra luz
y salga a la superficie.
Que imponga duro rigor
tu mano, temido Príncipe,
Tus siervos por ti se postran,
en su alma tienen tu efigie.(1)
Luego, el brujo levantó el puñal, en cuya punta se formaban gotas que recordaban a los rubíes de Birmania, y lo clavó en el dibujo del girón de tela.
En ese momento, a varias leguas de la cabaña del nigromante, el señor feudal notó cierta corriente que se colaba por la inmensa chimenea apagada, por lo que decidió prender un acogedor fuego. Al acercarse, una violenta ráfaga de humo irrumpió en la habitación y se cernió sobre el gobernante. A las voces de auxilio acudieron los criados que aún estaban despiertos en la madrugada para descubrir el cadáver de su amo, con la garganta cortada y los ojos abiertos en una expresión nublada.
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(1)Según señala Robles, «este romance es un fragmento adaptado de Carmina diaboli, libro perdido y que, según la tradición, se recitaba en las misas negras durante los tiempos de Teodosio». San Agustín lo menciona en su obra De natura hominis, 23-24, 1919. (N. del e.).
Yolanda Algaba Granado
LA INMARCESIBLE VIGILIA
Jamás supe si fue sueño, alucinación o castigo, pero en lo más profundo de la comarca de Razóm—donde el viento parece rezar letanías olvidadas—, yace una casa cuyo aliento no se ha extinguido, a pesar del tiempo y el polvo. La llaman "la casa que no olvida" y, desdichadamente, no por capricho.
Llegué a ella movida por un impulso innombrable, como si una voz antigua, preñada de siglos, me hubiera susurrado al oído en noches de insomnio. Me recibió con un chirrido de gozo o de hambre. Sus muros, enfermos de musgo y memorias, destilaban una humedad que sabía a infancia corrompida. Las ventanas, ciegas de tanto mirar el pasado, me observaron con la ternura de un cadáver que reconoce al enterrador.
Nada más atreverme a cruzar el umbral, supe que no era yo la que había entrado en la casa, sino que era ella la que había entrado en mí. El aire era denso, colmado de perfumes marchitos: rosas negras, incienso de difuntos, sangre seca… Cada habitación parecía respirar a su propio ritmo, como si el corazón de un animal inmenso palpitara en los cimientos. Los relojes, detenidos todos a la misma hora —las 3:33—, no marcaban el tiempo, sino el instante en que la razón se despedaza.
No vi fantasmas en forma humana. No necesitaban tal disfraz. Eran presencias adheridas a los tapices, en las grietas del parqué, en las lágrimas de las velas consumidas. Se sentían como un pensamiento intruso, como un recuerdo que uno nunca ha vivido, pero que duele como si fuera propio.
En el salón principal, una pintura colosal colgaba del muro opuesto a la chimenea. Representaba a una mujer de mirada cóncava, vestida de luto perpetuo, con las manos hundidas en la sombra. Su nombre no estaba escrito, pero lo supe: se llamaba Anvil. Y no era pintura, sino encierro.
Las noches eran eternas. Cada vez que dormía, soñaba con corredores que no existían, puertas que susurraban mi nombre y espejos donde mi reflejo se demoraba más que yo. Despertaba jadeando, pero el sudor era ajeno y la voz que gritaba no era mía.
Una madrugada, al pie de la escalera que jamás subí, la casa me habló. No con palabras, sino con una marea de imágenes y sensaciones, como un sueño hecho carne: ella había sido cuna de un pacto, santuario de un rito ancestral, templo de una memoria que devora. Quienes entran no se pierden: son conservados, digeridos lentamente por la melancolía viva de sus muros.
Intenté huir. Las puertas estaban abiertas, pero el mundo exterior era ya un eco borroso, irreconocible. La casa no necesitaba cerraduras. Me había leído, entendido y, ahora, me escribía.
No sé cuántos días han pasado desde entonces. Tal vez siglos. A veces escucho pasos: visitantes, quizás, o futuros inquilinos. Y rezo —sí, aún rezo— para que no entren. Para que no los ame esta casa con su amor letal. Para que no los recuerde. Lo que la casa recuerda, no muere jamás.
Camino Bodas Ruiz
Es tan curioso cuando te encuentras haciendo algo que es lo último que querrías hacer. Un momento de desconocimiento contigo mismo en el que no puedes hacer más que preguntarte si habrá alguna razón por la que tu cuerpo no responde.
Así se sentía ella, cada vez más cerca del final de su camino. Sin saber cuándo empezó, estaba caminando hasta el fin del mundo. Ella no quería, cada segundo de su día se lo pasaba andando en contra de su voluntad. Solo deseaba volver. Pero se movía sola.
Con cada paso se alejaba cada vez más de la vida que conocía. Fue conociendo paisajes, animales, bosques nunca vistos por nadie jamás, un poco más cerca del fin, si es que lo había.
Había intentado hacer las paces con su camino eterno, pero era complicado con sus piernas pidiendo auxilio. Andaba hasta dormida, no paraba de moverse jamás. Su calzado desgastado ya con agujeros en las suelas había hecho que pisara barro, babosas, hielo congelado y arena ardiendo. Solo quería parar unos minutos para retirar las hojas puntiagudas y piedras de sus pies, pero no podía.
A veces sentía que había algo atrayéndola, incapaz de explicar lo que le pasaba. De no comer su cuerpo se había marchitado, lo que solo hacía más fácil que las piernas, deseosas de llegar al fin, pudieran avanzar más rápido.
Ella empezó a desvanecerse en el aire, su piel se desprendía del poco músculo que le quedaba y sus ojos se empezaban a cerrar ya. Eso fue hasta que lo vio. El fin del mundo. Un pedregal seco con árboles muertos.
Pensó que por fin podría descansar, y su única ambición era ya que lo que quedaba de ella se reencontrase con el suelo. Pero no paraba. Iba directa al precipicio.
Por primera vez en siglos sintió algo que no era cansancio. Era miedo. Miedo de lo que había estado pasando todo este tiempo, miedo de no poder parar. Cada vez estaba más cerca del borde, sus pasos más certeros que nunca.
Intentó desesperadamente agarrarse a lo que podía, pero sus dedos huesudos no conseguían aferrarse a nada de lo que hubiese en esa tierra. Sus piernas tiraban de todo su cuerpo chupado sin que pudiera hacer nada, cada vez más lento, pero más fuerte.
Se derrumbó al suelo, esperando cambiar algo, esperando que alguien la salvara. Estaba sola. Quedaban tan solo unos pasos para el precipicio.
No quería morir allí abajo. No entendía por qué tenía que caer allí. Pero a esa fuerza indomable le daba igual. Esa fuerza que durante años la había estado llevando a la miseria, al más completo descontrol.
Notó cuando al dar el último paso no había nada más debajo. Empezó a caer, pero no supo cuando terminó. Lo único en lo que podía pensar antes de su fin era en que no había ningún final. Todo era camino.
Y todos estamos obligados a hacerlo.
Una noche de Halloween con una luna llena deslumbrante ilumina la sombría habitación de la tarotista, que hasta ese entonces solo alumbraban las velas. Una mesa redonda decorada con un par de estatuillas y un mantel; dos sillas —una a cada lado de la mesa—, una puerta abierta y una lectura inesperada.
En la sala se encontraba Cassandra, una tarotista experimental, y, en el otro lado, Fernando, un empresario que, por muy escéptico que pareciera, le había pedido más de una lectura.
—Bienvenido a mi humilde morada. Esta noche me has hecho muy feliz; no sabes lo que me gusta hacer lecturas en Samhain. Qué misteriosa noche, donde el velo entre el mundo de los vivos y los muertos es más delgado que nunca —dice la tarotista con cierto entusiasmo.
Cassandra saca un mazo de cartas del tarot y procede a barajarlas.
—Es una noche tan especial… No solo hace más fácil la comunicación con los del más allá, sino que las emociones están a flor de piel y las energías se sienten más potentes que de normal —sigue barajando mientras mira fijamente a Fernando—. Presiento… incertidumbre, preocupación…
La tarotista esparce las cartas sobre la mesa.
—Setenta y ocho cartas. Veintidós arcanos mayores y cincuenta y seis arcanos menores. Dejemos que las cartas hablen por sí solas —dice mientras las recoge y las divide en tres montones—.
—¿Qué montón? ¿Derecha, izquierda o medio?
Entre el silencio de la tarotista y su “cliente”, una pequeña corriente de aire frío se hizo presente en la sala. Las velas se tambalearon a medida que la corriente avanzaba, amenazando con apagarse. Las cartas se movieron.
—¿El del medio? Interesante decisión. Veamos qué tienen que decirte —dijo mientras recogía los otros montones y tomaba el elegido—.
—Muy interesante… —murmuró mientras colocaba tres cartas sobre la mesa—. La Torre, arcano XVI: caos repentino, destrucción. No tiene por qué ser una carta negativa en todos los casos, querido amigo… —levantó cuidadosamente la segunda carta—. Pero, para tu infortunio, el acompañante no es el mejor: El Carro, arcano VII, simboliza el triunfo. Qué pena que al lado de la Torre solo augure desgracias —suspiró antes de levantar la última carta—. La guinda del pastel: el Nueve de Espadas, el lamento por la pérdida de un ser querido. Déjame “alegrarte” la noche. En esta situación, el Nueve de Espadas no tiene a nadie a quien llorar; más bien, llora por el propio individuo, pues se verá involucrado en un fatal accidente…
La tarotista guardó las cartas con delicadeza.
—A veces la muerte está más cerca de lo que parece, Fernando.
—Es curioso… Justo mañana tengo un vuelo; cogí el último que había. Han convocado una reunión de emergencia —dijo Fernando con una expresión de preocupación y sorpresa a la vez.
—Un vuelo repentino debido a una reunión de “emergencia”… Qué oportuno —suspiró—. Mi querido amigo, ya sabes lo que dicen: quien corre tras su destino termina por alcanzarlo antes de tiempo. Piensa bien en lo que harás mañana; podría ser lo último que hicieras.
ALGUIEN ANDA POR ALLÍ
Recuerdo que pude sentir el olor desde que entraron por primera vez en la casa. Era un olor nuevo, algo que nunca antes había sentido, y ya para entonces pensaba que los conocía todos. Desde que era niño podía percibir toda clase de olores. Es sorprendente lo que puede descubrirse a través de ellos, de sus variaciones; los olores se transforman, evolucionan, crecen con uno. Es posible seguir todo el desarrollo de la vida de una persona tan solo por su olor. Y la muerte también. Rápidamente descubrí que las cosas recién muertas tienen un olor particular también: sordo, quedo, similar a arrojar una piedra en un pozo profundo.
Solo una vez en mi vida un olor me tomó por sorpresa. Como dije, pude sentirlo desde que entraron por primera vez a la casa de mis padres. Para las fiestas de Navidad mi familia organizaba todos los años una cena que se extendía por días: siempre los mismos familiares, las mismas charlas eternas, los mismos olores nauseabundos que me hacían recluirme en mi habitación. Sin embargo, esta vez era distinto, no las personas, que eran las mismas, sino un olor particular que se mezclaba con el barullo de aromas por toda la casa: leve, ligeramente agrio, un olor lo más similar a un gato a punto de saltar, un olor como una esquina profunda o un aljibe en sombras. Por entonces ya sabía que los olores revelan intenciones. Aquello que las personas buscan ocultar, es revelado por su aroma.
Alguien, entonces, había cambiado, guardaba un secreto. Pero, ¿cómo saber quién? Toda esa maldita turba andaba siempre junta, sin separarse. Por lo demás, no me importaba. Solía acostarme en la azotea dejándome invadir por él, completamente quieto, permitiendo que me recorriera entero como a una casa abandonada.
Una noche, mientras la casa dormía, lo percibí más fuerte que nunca. Me aventuré en la penumbra, muy despacio, y entonces lo vi. Un hombre joven caminaba a tientas por el salón oscuro. Por su olor y no por la vista supe que tenía sangre en la ropa. Permanecí quieto. El pareció intuir algo y se paró en seco escrutando la oscuridad del salón. Al contraluz de la ventana pude distinguir sus ojos grandes y nerviosos. Entonces me acerqué un paso. Sentí el olor agrio del nerviosismo y del sudor. Quería decirle que no se preocupara, que no me importaba lo más mínimo que hubiera hecho, qué podía dejar de contaminar el aire del salón. No pude decir nada de esto porque al acercarme otro paso sentí el olor insoportable del miedo y la piel crispada. Intentó una palabra o un grito que mis manos contuvieron a tiempo. Por primera vez en mi vida quise llorar. Ni siquiera cuando momentos después lo dejé en el suelo pude encontrarlo, el olor se había ido para siempre.
Me deshice de todo. Esa misma mañana me senté desconsolado en el jardín de la casa. El aire dibujaba círculos a mis pies. Dentro de la casa el yo sabía que él algo traía entre manos y el llamen cuanto antes a la policía y qué pobrecito Robertito qué barbaridades le habrá dicho.


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